El jueves, el escritor se dirigió como muchas veces a un café. Era el día, la hora, el momento indicado. Un rito repetido muchas veces durante el año que hace poco había terminado.
Como muchas veces antes, adelantado a las horas, eligió con cuidado una mesa, dejó la mochila sobre un costado y se sentó. Como nadie se acercaba, abrió la mochila, sacó una lapicera, un cuaderno de notas del estilo “Moleskine”, y antes de ponerse a escribir, releyó al azar algunas líneas de páginas ya escritas. Luego quedó frente a la a veces temida página en blanco y (Leer más)

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