Había demorado en forma inconsciente (tal vez en los dos sentidos de la palabra) la entrega de nuestro auto a una compraventa.
Pero los plazos empiezan a apremian y tenía que apurarme.
Aun hoy me parecía que quizás era mejor hacerlo mañana o dejarlo incluso para la próxima semana. No quiero alargarme en este punto. Fui y lo dejé.
El lugar queda por Libertador más allá de la catedral de San Isidro. Allá entre las añosas casas y arboledas aún verdes quedo nuestro fiel compañero de estos dos años.
Me vine desde allí en un auto que me dejó en la estación de trenes de San Isidro y por 65 centavos tomé el tren hasta barrancas de Belgrano. El viaje que no toma más de 20 minutos, regala al usuario un entorno siempre cambiante, las casas de Acassuso o La Lucila (que treinta años antes me parecía tan lejos), los edificios de Núñez, y hasta una mirada a la casa presidencial de Olivos.
Desde Barrancas caminé por las calles de un Belgrano de semi ocaso hasta llegar a mis esquinas y mis lugares favoritos.
No venía hacia acá en un principio. Pero solo, sin apuros y con una presión en el pecho, me encaminé como un caballo que rehace el camino conocido.
El clima me regala una agradable temperatura y un viento que me refresca y mueve ramas y hojas. Ese viento que te muestra que esto no es sólo un decorado falso y duro. Pero este cariño climático no me saca el dolor y siento que a veces me falta el aire.
Me doy cuenta caminando que lo que tengo es pena. Una nostalgia que preludia un duelo. Un dolor de despedida que sólo puede venir del simbolismo de la despedida del transporte. Primero la mudanza me dejó con poco más que lo puesto. Después el auto que queda a la espera de que una alma samaritana se enamore de él y lo adopte, como yo dos años atrás.
Entonces vuelvo a enojarme con el papeleo pendiente. Que el registro de dominio, que el formulario numerado y el libre de multas que por sistema no se puede sacar en varios días. El enojo es rabia, es resignación no asumida.
Por naturaleza no podía sino refugiarme en un café presente en varios de mis escritos. Aquí cerquita de los lugares que me resultan familiares. Los sicólogos de seguro tienen lecturas específicas con respecto de este movimiento hacia lugares de arraigo, a este cable a tierra en medio del desarraigo. Debe tener que ver con la noción de refugio. Búsqueda de asilo, protección.
Este no es sólo un café. Bella Italia es también restaurante y me he disfrutado los deliciosos espaguetis integrales con camarones, concassé de tomates y albahaca. El secreto deben ser los trocitos de tomate fresco con los toques de pimienta y la albahaca cortada y plantada en el centro del plato, como un penacho. Fue casi mágico, aunque sin desmerecer, los sabores buenos son aún mejores cuando se los necesita, se los desea y se tiene oportunidad del tiempo para saborearlos.
En las mesas estamos los hombres solos con familias veraneando, los viejos con hijos y nietos lejos y los que esperan sus fechas o disfrutaron antes que nadie del descanso que ahora siento que necesito.
Se ha ido oscureciendo, ha ido bajando mi presión en el pecho. Ha ido cayendo la noche sin hacer ruido y el viento sigue meciendo las copas, como si fuera un día más.
Pero no lo es. Hoy me despedí del auto. Mi auto. Y estoy cerrando un capítulo más.



¿y cuándo tenemos más?
Aunque no sean las vacaciones... ¡el público espera!
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Pedro
Sus deseos
... son ordenes...
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Pavel