Aún nos queda sol y buena temperatura. El mar se abre ante nosotros cuando es domingo. Ya terminó el verano pero hay algo de él que no quiere irse. Algo de nosotros tampoco quiere que se vaya.
Se está cerrando un descanso corto pero necesario, en el que los canales nos hacen el favor de demostrarnos lo alegre y placentero que puede ser vivir sin televisión. Igual nos regalan las mismas películas de siempre.
Semana Santa y Pascua Judía, mezcladas ineludiblemente, las prohibiciones discutidas y discutibles; ¿se puede o no comer carne?
Semana Santa en balnearios tradicionales, alguna vez elegantes, hoy tan llenos de ruido, vestimentas raras y acentos de Plaza Italia hacia abajo. El país está vivo y ha ido cambiando.
Semana Santa de descubrimientos. ¿Cómo se hace para ir por la ciudad si aún no se tiene el milagroso TAG? Y tú que lo usas habitualmente, te acuerdas de las gentes que habitan Estación Central? ¿Has visto la biblioteca y Matucana 100? ¿Has visto una parrillada argentina en Pajaritos?
¿Te acuerdas como es la ciudad por Pudahuel? O sólo tienes la imagen del rio a tu costado y una Copec al final del camino?
¿Sabes cómo es el país que vive arriba de una micro?
Semana Santa lejos de la urbe, más cerca de los olores de antaño. Semana de pescado y algunos mariscos, semana de empanadas y un poco de vino tinto. Semana Santa de comercio exacerbado. Semana Santa para escribir, para leer, para correr.
Semana Santa, inicio de otoño, regálame unos días más, que aún me hacen falta.
Amén.



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