Un día como hoy, hace cuatro años, dejó de acompañarnos físicamente, el Moro, mi padre. Digo físicamente, aunque parezca evidente, porque estoy seguro que la huella sigue latiendo en nosotros y nos acompaña por donde vayamos.
En los días oscuros de Buenos Aires, en aquellos en los que parecía que todo se derrumbaba, siempre aparecía un letrero, un aviso, una palabra, que leí como mensajes suyos.
Hoy frente a la tumba, no sentí pena. Lo sentí a mi lado como siempre. Me imaginé que hoy se juntaría con sus nietos y les hablaría de volcanes y lava. Les explicaría la fuerza que esconde la tierra, bajo esa capa tranquila.
Nosotros podemos hablarles hoy de la fuerza de este hombre, que bajo su piel morena, nos llenó y sigue llenando de energía.
Este año cumpliría 69 y hace rato que estaría transmitiendo con eso y riéndose de si mismo. En estos días le haría clases de Europa a mis hijos, les hablaría de los museos, de las capillas. Los llenaría de historias.
Yo estoy seguro de que sigue haciéndolo. Y por eso sigo sintiendo que está con nosotros.
Tal vez muchos de los que lean esta columna no lo conocieran. A ellos los invito a leer el homenaje de Elias Arze, destacado ingeniero, publicado en la revista del gremio.


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