Hace unos días en un canal de deportes del cable, entrevistaron al loco Gatti. Un personaje. Fue arquero de los principales equipos argentinos durante más de 25 años. Desde sus comienzos en el Atlanta de Villa Crespo, hasta sus varias despedidas, al menos una jugando como arquero y como 9 en Boca Juniors.
Gatti cambió la forma de jugar de los arqueros, innovó en las vestimentas y en la forma de atajar. Cuenta la leyenda que un día desde la 12, la famosa barra de Boca, le tiraron una escoba al área. En lugar de enojarse por la violencia, la tomo y se puso a barrer el pasto unos segundos. Los enojados bosteros no pudieron sino rendirse, sonrieron y lo aplaudieron.
El loco me recordó a mi padre. Es un tipo que respira alegría de vivir, de disfrutar cada momento, de mostrarse tal cual como es, sin teatros ni guiones. Habló de jugar, de la vida como juego permanente, de no tomarse demasiado en serio.
El loco me provoca nostalgia, pero también me provoca una reflexión. ¿Por qué nos tomamos todo tan en serio? ¿Por qué no nos enseñan a disfrutar más y refunfuñar menos?


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