Hace años, en un taller organizado por la Universidad Brama Kumaris, hicimos un ejercicio muy interesante. Se trataba de hacer un gráfico de dos ejes, en el que en el horizontal estaban los años, partiendo desde el nacimiento de cada uno.
En el de la altura poníamos el nivel de alegría o calidad del recuerdo que teníamos de cada año, como si fuera un electroalegriagrama. Finalmente, tratábamos de explicarnos los momentos más extremos de manera de buscar elementos comunes entre los momentos de peor recuerdo y entre los momentos de mejor recuerdo.
Entre las cosas que descubrí, me di cuenta que hay un trazo recurrente que mis “profesores” describieron como el de un “sembrador”. Puede sonar bonito y romántico, pero cuando lo analizas más profundamente, aprendes que el sembrador siembra, pero no cosecha, impulsa pero no necesariamente concreta, fomenta pero no “produce”.
Hoy me quedé pensando en eso mientras disfrutaba el tener en mis manos un producto, una cosecha, algo concreto. No es el primero, hice una familia, hice una empresa (luego la vendí), planté árboles, etc. Pero este tiene un valor especial.
Dicho esto, pensaba que quizás mi perfil había cambiado a alguien más cosechador. Pero me di cuenta que para mí lo importante es comprometerme en el impulso –sobre todo de otros- para lograr lo que quieren.
¿Estará bien?



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