Pensando en los muchos kilometros que me quedan por volar esta semana de tres continentes, las muchas horas de aeropuerto y todo eso, me dieron ganas de escribir un cuento. Y aqui va.
Yo no era así
Yo era un tipo de lo más sociable, me encantaba estar y andar acompañado. De echo detestaba no estarlo, sobre todo en los horarios de comida.
Fueron los viajes los que me cambiaron. Cambiaron mi carácter, haciéndome menos paciente, y también cambiaron mis gustos. Ahora me cuesta no estar solo.
En mis primeros viajes, estar solo era sinónimo de buscar compañía, ojalá una agradable conversación sin compromiso, es decir, de aquellas que sabes que no continuarán una vez alcanzado el destino.
(¿se alcanza alguna vez el destino?)
Después me fui aburriendo; prefería ver una buena película o simplemente una película. Era una forma de recuperarme de la dificultad que tenía en casa para ir al cine; ya sea porque lo que veíamos eran preferentemente películas de niños o adecuadas a ellos o porque simplemente parecía que el tiempo no daba.
Después me fui conectando más con mi propia música. Me ponía auriculares, que después se convirtieron en sofisticados auriculares con reducción de ruidos y me elegía un programa dentro de los 60 GB de canciones o música selecta del aparatito. Mientras oía o escuchaba, según el caso, iba resolviendo sudokus cada vez más difíciles, haciendo crucigramas y otros juegos de ingenio, iba leyendo mis libros o trabajando en la computadora.
A veces me acordaba de los tiempos en que con dos o tres elementos podía dibujar un tema de conversación adecuado a mi vecino. Y hablaba español, hablaba inglés o francés y también hacía el esfuerzo en portugués o italiano, si correspondía.
Conocía a otros viajeros, aprendía de otros lugares que tal vez nunca visitaría, revisitaba experiencias y opinábamos de ciudades, hoteles y lugares para tomar o comer.
Ahora no. Rara vez saludo o me saludan, evito las miradas así nos ahorramos los gestos, y el viaje se va así, solo, aunque esté acompañado. Pero no siempre es así, a veces hasta me molesta la presencia del vecino. Prefiero estar solo solo, que solo acompañado. No me dejan estirarme y mientras más lleno va el avión, peor. No sólo tienes que aguantar el ronquido del vecino, también sus olores de turista pasado de ajo, de comerciante ambulante moderno, de idas y vueltas en el día, de vieja elegante venida a menos que aprovecha las muestras de duty free para aromarse hasta las axilas.
Yo supe ser sociable, incluso con gente así. Después me olvidé. Supe tener otra actitud. Después me cansé o me perdí en mis pensamientos, en mis elucubraciones. En mis ganas de llegar primero, en mi desinterés por el video de seguridad, en mi gusto de aislarme en mi isla privada y guardar las palabras para cuando estuviera de vuelta en casa, o para la reunión a la que debía asistir y por ende, en la que tenía que hablar.
Debe haber sido en la misma época en que empecé a a aborrecer el santuchito de jamón y queso que llaman “snack” y me decidí a pedir un menú kosher que complicaba la vida a la aerolínea y que atraía las miradas de todos mis vecinos.
Fue entonces que empecé a dedicar cada vez más tiempo a observar. Me ponía los lentes de leer y miraba por encima del libro o del diario todo lo que ocurría a mi alrededor. Muchas veces me quedé con las ganas de anotar las cosas que veía. Algunas las anoté en servilletas, hojas de diario o revistas. Después me compré un cuaderno que los vecinos también miraban de reojo y cierto recelo. Quizás se imaginaban que parte de ellos, la parte que yo veía de ellos, iba quedando registrada en esas líneas.
Empecé a llevar el cuaderno adonde quiera que fuera, siempre mirando, siempre anotando. Lo que me llamaba la atención. Lo que a veces escuchaba. Historias que me contaban. Rarezas que descubría. Y poco a poco hasta mis amigos se cansaron de mí.
Si salíamos a comer, yo escuchaba y anotaba. Después dejaron de invitarme y yo seguí yendo solo. Y miraba y anotaba.
Con mi familia sucedió algo parecido, aunque en ellos algo cambió cuando publiqué mi primer libro y la primera edición se agotó en menos de una semana. Bueno eran doscientos ejemplares, pero se agotaron enseguida. Y luego se agotaron otras dos ediciones algo más grandes y empezaron a llamar las grandes editoriales.
Fue la foto que recorté de un diario que me hizo entrar en conciencia. Era la foto de una conferencia de prensa organizada con motivo de los primeros cinco mil libros. El titular decía: “Todos esperaban que hablara, él escribía”. Y créanme, tengo anotado todo lo que ocurrió allí.



Este
Este relato me encantó, Pavel. Lo leí impreso, con los mates del desayuno. Vaya metamorfosis, eh. La obsesión, el entusiasmo, la incomprensión. Me quedo pensando un par de cosas. Muy bueno!!!