Hace muchos años me contaron la historia de unos brasileros exiliados en París, que añorando su tierra, ponían nombres brasileros a los principales sitios de la ciudad luz. Así la torre Eiffel podía ser Copacabana, Invalides podía ser Tijuca, y así. Una vez vueltos a Brasil, la “saudade” de Paris hacía que a sus lugares añorados de Brasil les dieran nombres parisinos.
Nunca he podido olvidar la anécdota, tal vez porque me hace sentido la experiencia de no vivir y disfrutar el presente, sino proyectarlo en otros tiempos y otros lugares. Debe ser la base de la alegría y la
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